El perfumista trabaja con un órgano o piano, el cual consiste en una biblioteca de esencias para componer fragancias o aromas que se disponen normalmente sobre un mueble diseñado con varias repisas que permiten colocar la colección de envases con las materias primas o ingredientes, de manera que todos estén a la vista del maestro creador para poder ser utilizados y pesados.
También conocidos como narices, los perfumistas son capaces de trabajar con una paleta de 10.000 ingredientes y realizar hasta 3.000 variaciones hasta dar con la fragancia final. Son los artífices de las fragancias con las que nos perfumamos –denominadas en la industria fragancias finas– pero ponen también olor a otros productos que utilizamos diariamente como las cremas faciales y corporales, los champús, los labiales e, incluso, productos de uso doméstico, como los detergentes.
Actualmente, en lugar de trabajar delante del órgano o piano, pesando sus propias fórmulas, los creadores combinan el conocimiento sensorial de la lista de ingredientes registrados en su memoria olfativa con el uso de herramientas informáticas. Diseñan y escriben sus ensayos en los que usan una colección de cientos de materias primas, escogiendo cada una de ellas y la cantidad que les parece conveniente en función del proyecto olfativo para el que trabajan. El ensayo se pesa en el laboratorio y se aplica en el producto final al que va destinado.
El creador lo huele y corrige su fórmula tantas veces como sea necesario para mejorar el desarrollo, modificándola y ajustándola hasta dar con el olor y las características deseadas, así como su aplicación en el producto final, hasta llegar a un buen resultado que se presenta a paneles y clientes para su aprobación. En algunos casos, hay empresas que hoy día ya se apoyan en herramientas de inteligencia artificial como complemento para ayudar al desarrollo y la optimización de las fórmulas.